Inicias a entrenar, sólo, con compañeros o con la guía de un plan desarrollado por la IA, ya que tienes la premisa o concibes desde tus creencias infundadas que el entrenar con un entrenador es sólo para “profesionales” o personas que buscan sólo rendir en su disciplina deportiva. También, aunque menos frecuente, está la posición de no querer comprometerte con otra parte. Válido.
Así las cosas y como suele suceder, una vez inicias tu proceso, empiezas a mejorar de una forma “estratosférica”; que ni te las crees. Miras tus datos y segmentos en Strava, y ves cómo sesión a sesión vas pulverizando registros anteriores. Tus sensaciones van como viento en popa y nada parece detenerte. Te inscribes a carreras y armas retos/rutas dignas de ser publicadas en redes sociales para demostrarle al mundo de lo que eres capaz.
Llevas dos semanas entrenando, sin fallarte y cumpliéndole al plan propuesto por la IA, o a las recomendaciones que te dictan tus compañeros y tu instinto de superación. Lunes, 5:00 de la mañana, suena la alarma. Te levantas para afrontar tus series de cuestas y descensos “tumba abierta”; será un día de mucha “caña” y el cuerpo lo sabe. Sin embargo, al instante percibes que algo no va bien. Poca energía, sensación de letargo y adormecimiento; malestar general y motivación por los suelos. Hoy el guerrero interior no te susurra. El “no pain no gain”, no existe. “El querer es poder”, queda sólo en una frase “rimbombante” sin significado para la jornada de hoy.
Llegados a este punto, decides descansar, pospones la alarma. ¡Mañana será! Te dices para compensar tu inconformidad. La realidad es que ese mañana se pospone por días y semanas. Sin comprenderlo, ves cómo día a día ya no hay energía, fuerza de voluntad, motivación ni ganas por entrenar. Inevitablemente has caído en una fatiga crónica desencadena por una sobrecarga mal gestionada, que se traduce en malestar general (cognitivo, emocional y físico). No hay misterios. Simplemente tu cuerpo no estaba preparado para soportar tanta carga de trabajo (volumen-intensidad-frecuencia), al que lo sometiste, fielmente convencido, de laguía de tu gran entrenadora; la IA o, los consejos de tus compañeros de ruta que te prometían el “éxito”.
Al principio, por la frescura muscular y cognitiva, sumado a la motivación interna y externa, y con la guinda de tus retos/carreras, compensabas esa fatiga. El cuerpo habla y luego grita. Ignoraste el susurro, pero no pudiste hacer lo mismo con el grito.
Lo anterior describe el día a día de muchas personas que deciden empezar a entrenar sin tener claro su contexto y unos PRINCIPIOS (mínimos), claros, y bien definidos que los orienten en su proceso y les otorguen un panorama más real de lo que es entrenar. A cambio de ello encuentran, sí, mucho ruido de “planes” y recomendaciones “todopoderosas” de los conocidos del mundillo deportivo. Al final, todo lo que ganaste en unas semanas, lo pierdes en cuestión de días, quedando incluso en un nivel inferior al que comenzaste (reversibilidad) porque entras en un bucle de fatiga generalizada y de indisposición; pues no quieres volver a experimentar dicha sensación.
Pero bueno, todo no puede ser drama. Siempre hay soluciones, simples y certeras. Por ello, lo primero a contemplar una vez tomas la decisión de iniciar un plan o periodo de entrenamiento, independientemente de si es por ir a una competencia; hacer algún reto o, simplemente por salud, la regla número uno es identificar tu contexto; con qué recursos (tiempo, dinero, genética, hábitos, entorno, etc.), cuentas en el día a día. Lo siguiente es entablar alguna relación, ya sea profesional o de “buenas intenciones” con un entrenador cualificado en el campo; que te garantice un plan ajustado a tus necesidades y demandas actuales, sin venderte humo, ni montarte en grandes expectativas que a largo plazo no puedas materializar o sostener.
Una vez con lo mínimos, el siguiente paso es lograr consistencia con los estímulos (según lo dicte el plan). Para ello es fundamental, y aquí viene el punto neurálgico del texto, generar ADHERENCIA con lo que estés entrenando (deporte). Si logras aplicar este concepto a tu plan, te aseguras en gran medida cumplir con lo estipulado para el día a día. Si hay gusto y afinidad con los entrenamientos, eso genera “expectativa”; y dicha expectativa te impulsa y lleva a asumir acciones, controladas, pero retadoras.
En algún momento te sentirás cansado o con menos disposición para entrenar, pero será en momentos muy puntuales; necesarios para mejorar el rendimiento y hacerte más “fuerte”. Sin embargo, este periodo no debe durar mucho tiempo, si no, pasará lo de la historia de inicio y el abandono no tardará en tocar la puerta.
Para finalizar, algunas recomendaciones y acciones para ganar adherencia al plan son:
-Diversidad de estímulos, siempre y cuando se ajusten a lo que se está trabajando en un periodo en concreto
-Salidas sociales
-Alternar deportes afines (ciclismo-atletismo-natación)
-Programar sesiones por asignación de tareas. Ejem.: acumula x cantidad de desnivel. Realiza 3 descensos con x características. Acumula x tiempo en x cadencias, etc.,
-Días de descanso total para desconectar de la rutina que supone seguir un plan
-Días libres para ir al ritmo y hacer la ruta que dicte tu instinto y energía (días muy concretos)
-Jugar con la estructura de las sesiones para que sean más “entretenidas”
Espero haberte dado luces y nuevas perspectivas de cómo asumir el entrenamiento desde un nuevo paradigma; mucho más holístico y global, donde el plan se ajuste a tu contexto, y no tu quien se ajuste al plan. Para ello, una vez más, los PRINCIPIOS del entrenamiento serán los mínimos que marquen el camino del “éxito”. ¡A entrenar!
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