Cuando la exigencia puede quebrar

Han pasado dos meses desde que corrí mi última carrera. Tuve que hacer un parón que llegó más como una derrota, como una entrega ante un cansancio acumulado, ante una fatiga que ya no podía seguir cargando.

Me sentí sin ganas de seguir luchando. Venía cargando toda una serie de resistencias y de sobreexigencia que terminaron por aniquilarme.

Había aprendido que, si no era esforzándome y exigiéndome, no lograría las cosas. Solo que llevé esa idea al extremo. Por más que empujara aquella puerta, esta no abría hacia afuera. Hasta que dejé de golpearla y descubrí que, en realidad, abría hacia adentro.

Entonces llegó un tiempo de quietud. Me alejé de la bicicleta. Ni siquiera quería salir a dar un paseo. No me apetecía.

Me sentía cansado, pero no era solamente un cansancio físico. Era también emocional. Un cansancio que me estaba invitando a mirar otras partes de mí que había dejado olvidadas.

Me di cuenta de que estaba tan metido en la exigencia que se me había olvidado disfrutar de lo que hacía. Todo se había convertido en fricción y en una lista de tareas por cumplir.

Empecé a entender que el camino ya no podía ser más exigencia. Si quería volver a entrenar, primero tenía que encontrar nuevamente el camino del disfrute: el placer de rodar, de compartir con amigos, de simplemente estar sobre una bicicleta.

No me planteé nada más que regresar y retomar poco a poco mis entrenamientos. Disfrutar. Hacerlo con curiosidad, sin perfeccionismo.

Y aunque cambiar esa forma de pensar no es sencillo, he podido ir saliendo. Incluso he empezado a aplicar conmigo cosas que, como entrenador, trabajo con mis pupilos.

Fue como ser también partícipe de mi propio proceso. Como si mi profesión se convirtiera en una aliada para que ese deportista cansado y frustrado tuviera un nuevo chance, pero desde un lugar más amable.

Mantener cierta estructura, sí, pero también aprender a ser flexible. Darle espacio a mis percepciones y sensaciones.

En los últimos meses, gracias también a varios libros que he leído, he intentado poner esto en práctica cada vez más. Y cada vez me convenzo más de que el entrenamiento no consiste en analizar más y más datos, sino en aprender a quitar parte del ruido que esos datos pueden generar en nuestra cabeza.

Quedarse con cosas sencillas. Cosas que puedan aplicarse poco a poco y durante mucho tiempo. Porque, al final, es ahí donde pueden empezar a funcionar de verdad.

Es como regresar a entrenar como lo hacía de pequeño, solo que ahora con el conocimiento y la experiencia que me ha dado todo este camino.

Ahora siguen las tareas. O, mejor dicho, sigue la curiosidad por aprender y conocerme un poco mejor.

No desde la imposición, sino desde un lugar más agradable.

Sin pretender que el deporte sea solo flores. Todos sabemos que los días son como los colores, y también han estado las dudas, la incertidumbre y los días difíciles.

Entonces recuerdo algo que siempre me decía mi abuelo: la exigencia llevada al extremo, casi que cualquier cosa llevada al extremo, no nos lleva a nada bueno.

El veneno siempre está en la dosis.

Y hoy vuelvo a dar pedales. A disfrutar. A entrenarme. A descubrir nuevas facetas de mí.

No solamente por un resultado, sino por la entrega total. Sin reproches. De una manera más equilibrada con los otros aspectos de mi vida.

Porque aunque esto sea mi pasión, no es lo único que compone este ser que también disfruta de charlar, de no hacer nada, de salir con su pareja o con sus perros, de reír, de cocinar…

Quizás también se trata de eso: de volver a exigirme, sí, pero sin olvidarme de vivir.

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